domingo, 21 de enero de 2007

El caso es que son personas de lo más normal, ni su aspecto ni su actitud llevarían a pensar que esconden un secreto vergonzoso. Es más, vomitarían si encontraran una mosca en la taza del café con leche del desayuno, y sin dudarlo pedirían el libro de reclamaciones al encargado del bar. Mirarían con desdén y cara de asco al mendigo maloliente que les aborda en el metro suplicándoles una ayuda para su hijo enfermo. Seguramente que no soportarían ver a su vecino de atasco comiéndose los mocos después de una intensa y concienzuda prospección petrolífera. Se duchan cada día, y no les huele el sobaquillo, nunca, ni cuando sudan, ya se cuidan ellos de oler bien y saber mejor... Sus casas son lugares cómodos, ordenados y limpios, y jamás se les ocurriría tirar una colilla al parquet del salón y pisarla, o pelar una naranja y dejar las mondas durante días sobre la mesa de la cocina. O sea, nada fuera de lo lógico y natural, del sentido común más vulgar y corriente.

Sin embargo, no les avergüenza tirar paquetes de tabaco vacíos por la ventana de sus coches. Ni la lata de cerveza en la cima de la montaña, total, bien merecida se tenían esa birrita después de sudar la gota gorda para luego terminar bajando… Se comerán su bolsa de patatas fritas y el gesto de arrugarla y metérsela en el bolsillo será demasiado para su pequeño cerebro, así que la dejarán tirada allí mismo, entre las jaras, sin el menor sonrojo. O se sonarán los mocos, y tirarán el pañuelo de papel entre las piñas y las retamas, para eso son kleenex, ¿no?, la misma palabra lo dice, usar y tirar, donde te pille, claro...

Son los guarros de puertas afuera. Donde nadie les puede identificar. Escondiéndose en el anonimato.

Unos cobardes.

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