martes, 23 de enero de 2007

Es curioso ver rodar cabezas, palparte por encima de los hombros y comprobar que no, que no es la tuya la que acaba de caer al cesto. La ley de la selva en el trabajo es implacable, y, a pesar de que la tensión se masca en el ambiente mucho tiempo antes, siempre sorprende y sobresalta el mandoble del verdugo sobre el pescuezo del compañero con la cimitarra del finiquito. Aunque a ti no te salpique ni una gota de la sangre del caído. Y a pesar de que a una nunca la han despedido, y aún con la pena fresca por el que se va, es reconfortante saber que, por una vez, el hecho de ser tan sólo una simple y vulgar tuerca del engranaje no es tan malo. Hoy me he alegrado, y de qué manera, de no ser un sofisticado sensor fabricado bajo pedido. Porque la funcionalidad y la humildad de la tuerca la hacen invisible, tan discreta como sólo lo son las piezas importantes, esas de las que apenas se repara en su existencia hasta que se rompen y dejan el mecanismo parado, haciendo que la producción cese y se empiece a medir el tiempo en dinero perdido. Tornillos que se venden en cualquier ferretería por cuatro perras, pero que, mientras funcionan, aunque sólo sea por pereza, por no desmontar el engranaje, siguen ahí, y ahí seguirán por los siglos de los siglos. Y, si se tercia y la máquina se desguaza, lo mismo hasta se pueden aprovechar para montar otro mecanismo. Es lo que tienen, son piezas sencillas, pero universales, y sirven para cualquier motor, lo mismo para el de una máquina de palomitas como para el de un montacargas. Tuercas duras, resistentes, baratas y polivalentes, que encajamos en cualquier sitio, donde nos quieran poner, y servimos para que la máquina nunca deje de funcionar.

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