martes, 2 de enero de 2007

Es una experiencia curiosa, quizás por lo poco frecuente, la de asistir al momento en que decepcionas a alguien. Ver su desconcierto cuando él cree que lo disimula perfectamente, y ser testigo directo del instante en que la imagen favorable que tenía de ti cae, lenta, pero inevitablemente, como a cámara lenta, y se hace añicos a sus pies. No suele estar uno siempre delante para notar las esquirlas del desencanto ajeno clavarse en tus pantorrillas, por mucho que te cuenten no es lo mismo asistir al momento en que el alma del otro se le cae a los pies. Imaginarlo no tiene nada que ver con el instante en que sientes verdaderos escalofríos al ver cómo el hielo se instala de golpe y sin posibilidad de marcha atrás en un corazón que, hasta hacía un rato, era cálido y cercano al tuyo.

Pero si ver cómo alguien que te apreciaba medianamente de pronto te detesta, impresiona, y duele, y te desbarata tu propio concepto de ti misma y de la imagen que proyectas a los demás, asistir a lo contrario es también un momento de esos que te hacen preguntarte, aturdida y confusa, quién demonios eres y qué es lo que estás dejando ver de ti a los otros. Ver el proceso de tu subida desde el concepto más bajo hasta la cumbre, como un espectador, cuando en realidad estás dentro, al estilo de los sueños, donde al mismo tiempo actúas y te ves en acción. Notar el primer latigazo de indiferencia educada, y ver cómo, poco a poco, sin que el otro se dé ni cuenta, justo lo que separaba es el pegamento que termina uniendo. Ver cómo las palabras van allanando el camino. Apreciar los pequeños gestos, los menos pequeños. Asistir con la sonrisa del que sabe lo que va a pasar, y observar cómo los nudos se deshacen, pero los lazos se estrechan. Y el camino tortuoso ya no es un obstáculo, sino lo verdaderamente interesante. Constatar que, una vez más, precisamente por no haberte movido del sitio, has avanzado.

En los últimos tiempos he vivido los dos extremos: por un lado, conseguir el odio de alguien que en un momento dado tuvo un buen concepto de mí, y por otro, terminar cayendo muy bien a otra persona que, en un primer momento, me miró con descarada indiferencia, casi sin verme. Les he sorprendido a ambos. Y lo que he sacado en claro de las dos experiencias es que si no me hubiese dolido tanto la primera, creo que no hubiese sido capaz de disfrutar y apreciar en su justa medida el valor de la segunda. 

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