jueves, 18 de enero de 2007

Esta semana que aún no ha terminado ha sido una semana salpicada de días rojos. Sí, sí, rojos. Encarnados, como se decía antiguamente, cuando no se podía decir “rojo”. Carmesíes, como la grana, de un rojo vivo y sangrante. Porque los días rojos existen, ya lo creo, y de vez en cuando se imponen por sus fueros, a pesar de que tú te opongas, y los esquives. Y no porque lo diga yo, que ya lo escribió primero Truman Capote, y luego se lo dijo Audrey Hepburn a George Peppard en “Desayuno con Diamantes”. Igual que hay días grises, y no precisamente porque esté nublado, sino porque son días en los que no pasa nada, ni bueno ni malo, sino todo lo contrario. Los anglosajones tienen sus días azules, los de tristeza pura y dura, rebosantes de melancolía y marcados por esa angustia vital que roza la depresión. Los días negros está claro como son: sombríos, tenebrosos, capaces de tiznar con su negritud todo lo que acontece en ellos, sin que nada ni nadie que se encuentre encerrado en esas horas se salve de sentirse contagiado por la desesperación. También están los días rosas, en los que parece que todo te sonríe, y una alegría irracional hace que por más que busques motivos para tanta euforia no los encuentres, pero te da igual, porque sabes que es una sensación demasiado buena y breve para andar buscándole tres pies al gato en lugar de limitarte a disfrutarla, sin más.

La Hepburn decía que los rojos eran días en los que tienes miedo, y no sabes por qué. Yo añadiría algo más. Los días rojos son días raros, afortunadamente poco frecuentes, al menos para mí, pero son mucho peores que los días grises, tan anodinos ellos, o incluso más desagradables que los negros, en los que, al menos racionalmente puedes analizar el por qué de tu pesimismo, llegar a la raíz de tu angustia. Los días rojos están llenos de furia incontrolada, de reacciones exageradas ante pequeños incidentes, de un no saber qué demonios te ocurre, por qué ese malestar contigo misma y esa susceptibilidad ante el mundo. En un día rojo puedes sentirte vulnerable hasta sentir escalofríos cinco minutos después de haber sacado sin motivo tu lado más borde y desagradable ante una estupefacta víctima que pasaba por ahí y a la que le ha pillado el chubasco sin comerlo ni beberlo. Durante esas jornadas teñidas de bermellón desearías estar lejos de ti misma durante una buena temporada, cerrar los ojos y que, cuando volvieras a abrirlos, te encontraras de nuevo con esa persona que a veces eres y que tan bien te cae, capaz de mirar y ver la vida tal y como es, con luces y sombras, sin asustarte de los tonos oscuros y sin necesidad de guiñar los ojos ante la luminosidad de los rayos del sol.

La única ventaja de los días rojos es que son eso, días. Rachas. Siempre terminan, y el alivio es considerable, tan grande que logra que olvides de un plumazo buena parte del malestar que te hicieron sentir. Por eso cada nuevo día rojo siempre parece el peor de todos, porque ya no te acuerdas del anterior.

¿El inconveniente? Que llegan sin avisar. Te pillan desprevenido, con la guardia baja, y te zarandean sin piedad, hasta dejarte exhausto, dejándote la duda de si quizás, no tan en el fondo, seas más esa persona tan insoportable, ésa que llega a darte un poco de miedo y un mucho de repelús, y no la otra, la del resto del tiempo, la que suele mantener a raya al bicharraco que resurge de vez en cuando.

Y lo peor de los días rojos: que no hay manera de exorcizarlos. Siempre, siempre, vuelven.

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