domingo, 7 de enero de 2007

La llama de las velas con aroma de vainilla se apagó hace horas. Sin embargo, la atmósfera sigue conservando una extraña calidez. Quizás sea por culpa de ese jersey de ochos, que aún conserva una tibieza fragante, sobre el que descansa el libro, esa varita mágica capaz de desatar las emociones más turbulentas y, a la vez, más reconfortantes. Aún revolotean las palabras, el eco de una voz que no, no se perdió en el vacío. Las palabras… Tan etéreas, y sin embargo tan poderosas. Hilos de seda, invisibles al ojo humano, que igual que tienden puentes hacia el infinito podrían destruirse de un manotazo… Lazos que atan sin apretar, o que estrangulan, lentamente, quitándote la vida a golpe de sílabas…

Palabras que acarician. Como unos dedos suaves, deslizándose sobre la piel, tibia, palpitante… demostrándote una vez más que, a pesar de todo, la vida nunca deja de sorprenderte.

Afortunadamente.

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