lunes, 15 de enero de 2007

La primera vez que la vi pensé: “Esta chica se ha disfrazado de secretaria.” Todos los tópicos más rancios sobre la imagen de lo que ahora llaman "asistente" encerrados en un metro y medio de persona: tacones de vértigo, falda estrecha por encima de la rodilla, melena larga alisada con cepillo, maquillaje recargadísimo, cualquier cosa, menos natural. Un espanto. No por nada, porque la chica no va vestida con mal gusto, ni mal pintada, ni mucho menos. El horror es por la certeza de que toda esa parafernalia es innecesaria y no ayuda precisamente a favorecerla. Pude comprobarlo no hace mucho. No sé qué demonios le habría pasado para prescindir de las atalayas que tiene por zapatos, quizás se durmió y se vistió a toda prisa con lo primero que encontró. Pero el caso es que se presentó en la oficina con un pantalón vaquero, unos zapatos planos, el pelo suelto y alborotado, aún algo húmedo, y con la cara lavada. ¿Diez años menos? No, unos quince. Porque parecía una niña. Una lolita de lo más apetecible. Todo lo contrario que el resto del tiempo, cuando esos morros perfilados (¡Ays! Ese color carne brillantemente pringoso... Qué grima, por Dios...) y ese cutis empolvado marcando las cuatro arrugas que ya tiene, consiguen todo lo contrario de lo que se proponen: avejentar y avinagrar un físico que no necesita aderezos para resultar de lo más refrescante al natural.

Nadie se lo dirá, yo menos que nadie, y seguirá viniendo cada día pintada como una puerta, tambaleándose sobre los tacones y aparentando los años que tiene, pero que en realidad no representa. Quizás lo necesite para sentirse segura. Es una posibilidad. Pero a mi, la verdad, me cae mejor la casi adolescente enfundada en unos vaqueros, más bajita que de costumbre, con una expresión menos crispada, menos estirada y perdonavidas, y mucho más accesible.

El hábito, en este caso, hace al monje. Sin lugar a dudas.

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