martes, 16 de enero de 2007

Me gustan los animales, aunque no tengo ninguno. Nunca he tenido perro, ni gato, sólo he podido disfrutar de los ajenos cuando visitaba a mi abuela o a mis tíos, pero claro, no es lo mismo. A lo máximo que he llegado ha sido a tener una liebre, un pato, un par de pollitos de esos de colores, y varios gorriones, que apenas duraron unas semanas en casa, así que supongo que eso no cuenta a la hora de hablar de haber tenido mascotas. Antes no tenía espacio en casa, y ahora que tengo algo más de sitio no me apetece condenar a un animal a estar solo casi todo el día entre cuatro paredes, así que sigo sin tener bichos. Supongo que eso me invalida para opinar como opino, o al menos eso pensarán muchos dueños de animales, aunque creo que si no tengo ninguno es precisamente porque me da pena no poder darle una vida de espacio libre y compañía humana como sería justo. En fin, todo esto viene a cuento por la tendencia que vengo observando en los últimos tiempos en demasiados dueños de mascotas de tratarles con excesivo mimo, ya no como si fueran personas, sino mejor que a ciertas personas. Gente que se desvive y se gasta dinerales en veterinarios cuando es preciso, que viven las enfermedades de sus animales como si fueran las de personas de su familia. No digo que los bichos no den satisfacciones, y compañía, y cariño, pero no dejan de ser eso: animales. A los que hay que tratar bien, y querer, y llevarles al médico si se ponen malos, claro, pero dentro de unos límites. Incluso llorarles cuando mueren, por supuesto. Pero con un duelo acorde con lo que son, no equiparándolos a los seres humanos.

Vamos, que cada uno hará lo que quiera, pero a mí me gustaban más esos perros y gatos independientes y vividores que hace unos años se veían deambular por el pueblo, solitarios, buscando pelea o ligándose una perrilla, y volviendo luego a casa, a comer y a dormir, o simplemente a pasar un rato jugueteando con los niños de la casa. Animalitos a los que sus dueños apenas prestaban atención, pero a los que en el fondo querían un montón, y les curaban o les llevaban al veterinario cuando volvían con un trozo menos de oreja después de alguna refriega. Amos a los que no les temblaba el pulso si hacía falta “despenarlos” (hasta la expresión es significativa y está llena de cariño dentro de lo dura que es; “quitarles las penas”, en lugar de prolongarles la agonía con interminables operaciones, como se hace ahora…). Y es que de tratar a los animales como animales, literalmente y ,en muchos casos, en el peor sentido de la expresión, se ha pasado al otro extremo: a sentarles a la mesa con su plato de pienso junto a los humanos de la casa, o a llevarles flores el día de todos los santos al cementerio canino. Y lo siento, pero no deja de parecerme una actitud exagerada, tan desequilibrada con lo que un animal es y cómo merece ser tratado, que dice bien poco de las personas que la adoptan. ¿Amantes de los animales? Seguramente. Pero ¿automáticamente por eso mejores personas, por el hecho de andar rebosantes de un amor tan desproporcionado como ridículo por esos bichejos, dulces, tiernos y merecedores de atención, sí, pero animales al fin y al cabo? Pues no, no creo que sean mejores que los demás. Muy al contrario: sospecho que son gente que ha perdido el norte a la hora de manejar y encauzar sus afectos.

Porque muchos de esos perros vestidos con jerseys de Burberry's de cuello alto en invierno a los que sus amas llaman "mi bebé", o algún que otro gato con suero en la UVI de alguna clínica veterinaria seguro que están acordándose de toda la parentela de sus dueños por no dejarles ser lo que son: animales con derecho a ser tratados como animales, a vivir y a morir como animales, no como personas.

Con cariño, por supuesto. Y mucho, porque suelen ser seres que lo dan todo a cambio de muy poco. Pero con dignidad. Dignidad animal. 

0 comentarios: