jueves, 25 de enero de 2007

No pidas peras al olmo, sencillamente porque te morirás de asco al pie del árbol, esperando algo que no puede llegar. Nunca. Por mucho que lo riegues. Aunque le hables con cariño. A pesar de que le quites las hojitas secas con mimo. Lo que es con sus peras, no te harás una macedonia. Porque no es más que un olmo.

El caso es que yo tampoco esperaba gran cosa de A. cuando le ofrecí mi ayuda. Se la di porque me la pidió, porque necesitaba que la echaran un cable y yo, en ese momento, podía y quise hacerlo. Sin más. Yo no buscaba una amiga, pero no cerré las puertas a esa posibilidad. Enseguida vi que se trataba una persona pusilánime, sin brío, angustiada y superada por los acontecimientos, y, sobre todo, muy sola, e incapaz de aprender a convivir con su soledad. Yo no podía pasar por el lado de alguien así que me había suplicado ayuda, e ignorarla. Aunque no la conociera de nada, apenas de haber leído cuatro posts de su blog, aunque sus problemas me importaran tres pimientos. Aún así, una mañana, después de recibir un email desesperado que me asustó de veras, le dije que me diera su móvil si necesitaba hablar con alguien: lo que escuché me preocupó tanto que, sin conocerla de nada, me planté en su casa, a ver si podía arreglar algo. Realmente temí que hiciera una locura contra ella misma.
Y aunque por mi cabeza nunca pasó “cobrarme” el favor, tampoco podía imaginar que, al final, la chica resultase ser lo peor que puede ser uno en este mundo: una desagradecida. Alguien que me utilizó cuando le hice falta, y luego me tiró a la basura. Alguien que, desde el momento en que decidí probar a dejar de interesarme por ella y sus problemas, no volvió a dar señales de vida. Ni para bien ni para mal. Nada.

Por cierto, me he acordado de A. hoy, pero no porque me haya llamado para felicitarme el año ni nada similar, sino porque, buscando otra bitácora, me tropecé de nuevo con la suya. Ahora es feliz. Se ha casado con alguien que conoció en Internet. Si me quedaba alguna duda, hora tengo totalmente claro que jamás volveré a tener noticias suyas.

Ya, supongo que ella es la más perjudicada. Que yo soy una persona buena, con sentimientos, que hice lo correcto y que es suficiente. Todo eso lo sé, pero no me consuela. Porque esa certeza de haber hecho lo que debía no logra quitarme la cara de tonta y la asquerosa sensación de imbecilidad que no me abandona después de tantos meses mirando al olmo y esperando el milagro. Después de tanto tiempo esperando con ingenuidad impropia de mis años y de mi historial de patinazos en cuestión de amistades, que me cayera una pera en la cabeza…

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