lunes, 1 de enero de 2007

No sé lo que me traerá este año que hoy empieza. Tampoco tengo mucha curiosidad así, a bote pronto, porque me gusta que me sorprendan, y saberlo todo ahora le quitaría mucha gracia al asunto… Supongo que habrá un poco de todo, como siempre: algunas cosas buenas, otras menos buenas, quizás alguna gloriosa, y quién sabe si alguna terrible… Tampoco tengo claro lo que deseo para los próximos meses; no hay nada especial, quizás porque lo tengo todo o porque necesito poco. Creo que más bien esto último: ando muy minimalista en los últimos tiempos.

Lo que tengo ya no claro, sino cristalino, es lo que no quiero. No quiero que me domine el desánimo si no es por una razón realmente poderosa y sólo cuando ya haya agotado todos los medios para luchar contra ella. No quiero contagiarme del pesimismo, ni del derrotismo, ni del sentimiento de culpa, ni de la resignación amarga ante lo inevitable. No quiero ser tan permeable a lo negativo como hasta ahora. No puedo permitírmelo, porque me duele demasiado, y no quiero sufrir más que lo estrictamente imprescindible e inexcusable. No quiero pasar de largo ante oportunidades que sólo aparecen una vez, y no quiero lamentarme después. No quiero descolgar el teléfono contenta y animada, y colgarlo triste y descorazonada. Y menos aún que ese estado de ánimo me dure días. No. No quiero. Ya no.

Supongo que no tengo todas las papeletas para ser feliz este año, porque nadie las tiene, pero lo que sí que sé es en qué sorteos quiero participar. Y no voy a sentirme obligada a comprar un billete de lotería porque sea lo que se espera de mí, o porque toque, o porque todo el mundo lo haga también. Si lo hago, será porque yo lo decido. Porque quiero.

Porque en 2007 cumpliré 40 años, y creo que ya es momento de sentirme dueña y señora de mi vida.

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