viernes, 5 de enero de 2007

No sé qué será lo siguiente, quizás ponerme a escuchar a doña Concha Piquer, cuando jamás de los jamases me ha gustado la cosa flamenca. Pero quién sabe... Tampoco nunca me había dado por escuchar boleros, y ahora Antonio Machín o Los Panchos me acompañan de vez en cuando camino del trabajo. Un día, al ir a pagar en la sección de lencería de unos grandes almacenes, me metieron un CD de regalo en la bolsa, y cuando llegué a casa me encontré con él. Una selección de boleros de toda la vida. Jamás me habría comprado un disco semejante, pero ya que lo tenía ¿qué podía hacer, si no escucharlo? Eso hice, y confieso que me abrió las puertas a un mundo en el que el sentimiento y la emoción mandan. Un universo al que, cada vez más, me gusta volver. Un atmósfera en la que la razón está de más y lo que importan son los impulsos, la pasión, todas esas cosas inexplicables que tampoco piden ser explicadas, sino vividas. Dolorosa o gloriosamente sentidas. Aunque poco importa eso, porque el poder de los boleros, en gran medida, está en ser capaz de encontrar más gloria en el dolor que en la dicha...

Mi madre siempre canturreaba boleros cuando yo era muy pequeña, mientras yo dibujaba o jugaba con la Nancy, y aunque pareciera que yo estaba en la luna, la cosa subliminal, como que funcionó… No sé, supongo que son boleros clásicos por algo, que han permanecido a pesar de los pesares y del paso de los años por algún motivo oculto que se queda anclado en el subconsciente y en algún momento de la vida salta y te hace imposible quitarte de la cabeza cosas como “si tu me dices "ven", lo dejo todo..." Y terminas escuchando atentamente a esos señores diciendo ternezas, e incluso te emocionas, y dices “Jo, qué bonito es el amor cuando es bonito”, y te alegras de poder suscribir algunas de esas cosas tan dulces, aunque en otras ocasiones das gracias por tener tu currículum aún limpio de semejantes tragedias de ingratitud, traición y desamor.

Y es que ¿quién se resiste cuando le susurran al oído cosas como “Bésame mucho, como si fuera esta noche la última vez”? ¿Y si alguien confiesa abiertamente “Tengo una debilidad, no se puede ocultar, lo llevo en la mirada”? ¿Y si te reconocen algo como que “Toda una vida me estaría contigo, no me importa en que forma, ni dónde ni cómo, pero junto a ti…”

Uff... Yo, desde luego, no.

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