viernes, 12 de enero de 2007

No siempre se recoge lo que se siembra. A veces uno planta con toda la ilusión del mundo, y la cosa no prospera: el suelo no es el adecuado, hay demasiados pájaros hambrientos en la zona, falta agua o sobra sol. Otras, el viento caprichosamente arrastra hasta nuestra jardinera unas semillas que se encuentran a gusto y crecen como si no pudiera ser de otra manera, como si ése y no otro fuese su sitio y su destino. En ambos casos, la naturaleza sorprende. Las menos veces para bien, pero así es la vida, y el agricultor, fatalista por definición, no se extraña de que la flauta suene tan pocas veces, por eso siempre se pone en lo peor. Para alegrarse si se equivoca. Y para sufrir menos, cuando pasa lo que teme.

Con las personas es un poco lo mismo. No hace falta sembrar vientos para recoger tempestades. Ojalá. Si esa lógica funcionara así de aplastantemente, las cosas serían sencillas. Previsibles, quizás hasta un poco aburridas, pero simples.

0 comentarios: