miércoles, 31 de enero de 2007

Pasé los recreos de mis últimos tres cursos en el colegio aprendiendo a escribir a máquina. Mientras mis compañeras de clase se contaban en los corrillos del patio sus primeros tonteos con los chicos, yo y otro puñado de outsiders empollonas y rentabilizadotas de su ocio, nos peleábamos con unas Underwood cascadísimas, de cuando en las oficinas los contables iban con visera y manguitos. A la mía se le quedaba pegada al papel la letra m, con lo cual mi velocidad se veía seriamente perjudicada por tener que quitar con la mano la varilla, hacerla volver a su sitio, y seguir escribiendo. Aun así, conseguí mi título de mecanógrafa, en la Real Sociedad Económica Matritense de Amigos del País, una de esas peñas de ilustrados creada en el siglo XVIII que aún se mantiene.

Ahora, cuando han pasado tantos años desde aquellos recreos perdidos para el cotilleo y la vida social, me doy cuenta de que, de las muchas cosas que he estudiado a lo largo de mi vida, esos tres años han sido de los mejor invertidos y aprovechados de ellas. Llevo 16 años de vida activa laboral en la que vengo usando ordenadores constantemente y, la verdad, saber teclear con todos los dedos es una ventaja que me facilita las cosas enormemente. La sola idea de tener que usar los dos dedos índice y buscar las letras en el teclado, como hace uno de mis jefes, me pone de los nervios. Me encanta poder copiar a toda velocidad textos mientras miro el papel, y sin mirar a la pantalla ni al teclado durante párrafos enteros.

En fin, que después de todo, si ahora lo pienso fríamente, creo que me apunté a máquina no porque fuera una asocial y una friki en el cole, sino porque ya entonces, mucho antes de que la idea de ser periodista se abriese paso, empezaba a bullir en mis tuétanos, en la masa de la sangre, lo que realmente soy:

La perfecta chupatintas.

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