lunes, 8 de enero de 2007

Tengo dos piernas a las que a menudo no presto demasiada atención, quizás porque siempre han estado ahí, haciendo lo que debían, y esa eficiencia siempre termina volviéndose contra el eficiente, por muy injusto que sea. Mis piernas, por lo general, se limitan a acercarme hasta el coche, y una vez dentro a pisar el freno y el embrague de la forma adecuada para llevarme hasta mi destino sin problemas. Luego, me llevan hasta una silla y allí se cruzan y se descruzan innumerables veces, hartas de tanta inmovilidad, hasta que llega la hora de la comida, y, a los postres, después del café, las dejo estirarse un poco, dando una vuelta por las calles cercanas a la oficina. Y hala, otra vez debajo de la mesa, hasta coger de nuevo el coche y dejarme en casa, donde las pobres, hartas de no haber hecho nada en todo el día pero solidarias con el resto de un cuerpo cansado y una mente bajo mínimos, terminan el día extendidas sobre el sofá, hasta el momento de irse a la cama.

Pero hay días en que mis dos piernas pueden demostrar que sirven para mucho más que sujetar un cuerpo, o pisar pedales. No serán muy fuertes, ni muy rápidas, pero pueden llevarme a lugares donde no se podría llegar de otra manera. Aunque luego tengan agujetas, o me duela la rodilla, gracias a ellas puedo subir montañas por caminos estrechos y llenos de piedras, ver flores que nunca encontraré en una floristería y llegar agotada, pero feliz, a una cumbre, que quizás no sea muy impresionante por lo alta, pero cumbre es al fin y al cabo. Y allí, sentada en el suelo, a la sombra de unos pinos, comerme una tortilla de patatas, unos filetes empanados y una lata de melocotón en almíbar, el menú campero y excursionista por excelencia, y que, sin duda alguna, no sé si por la temperatura de la mochila, o por el aroma de las jaras o el picorcillo del sol, siempre sabrá mejor que el plato más exquisito del restaurante más refinado a la luz de las velas más rematadamente románticas.

Adoro a mis piernas no por lo que son capaces de hacer, que no es gran cosa, sino por todo lo que aún me tienen que mostrar si yo las dejo.

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