sábado, 3 de febrero de 2007

Creo que si fuese pobre y tuviese que dormir en un banco, lo que más echaría de menos no sería un cuarto de baño con agua caliente, ni tampoco mis libros o mis papeles, ni siquiera este ordenador o la conexión que me permite hablar aquí y ser escuchada en todo el mundo. Seguro que sentiría nostalgia por la ropa que dejé a medio uso para comprarme otra que no necesitaba, ese abrigo que tiré al contenedor de los pobres estando en buen estado sólo porque llevaba demasiado tiempo en mi armario y ya no podía seguir estando de moda... Incluso creo que lo pasaría mal teniendo que comer bocadillos o sopa boba en los albergues, sin poder cocinar yo misma, hacer mis menús semanales y la compra con mi lista en la mano... Pero de lo que estoy convencida es que, lo que más echaría en falta sería dormir en una cama mientras fuera hace un frío de mil demonios. Ya no digo en “mi cama”, sino en una cama, cualquier catre, con un colchón duro o con los muelles clavándoseme en la espalda. Sumergirme en el calor y la oscuridad de la cama, como si ahí dentro no me pudiese pasar nada malo, un estado de invulnerabilidad falso pero real mientras dura el calor y la tibieza en las sábanas… Llevaría muy mal lo de los cartones en el cajero automático, sí… Fatal.

Porque lo mejor del invierno no son las castañas asadas, ni siquiera ver lo bien que sientan unas botas de tacón alto con una falda por encima de la rodilla. Ni tampoco el repiqueteo de la lluvia en los cristales.

Lo mejor del invierno son esas horas en las que el protagonista es el calor de tu cuerpo junto al mío, bajo las sábanas…

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