martes, 6 de febrero de 2007

Es una sensación que los optimistas achacan a los excesivamente lúcidos, acusándoles incluso de atraerla cuando aún no ha aparecido, por pensar en negativo, por cenizos. Pero para esos mal llamados pesimistas es algo así como una premonición, un don que no hemos pedido, pero que alguien nos ha dado, y que ahí está, esperando a revelarse cuando que las cosas van bien, cuando todo parece ser perfecto, y hacer saltar la alarma. Sí, ya se sabe, y ése es a veces nuestro único consuelo, que cuando todo va fatal siempre se termina por tocar fondo, coger impulso y subir. Pero ¿y cuando todo encaja? Pues igual, inevitablemente aparecerá algo que seguro que desbarata el puzzle, un hecho que volverá a mezclar las piezas en la caja, quizás ése y no otro sea el estado natural de ese rompecabezas que es la vida... Y no es por pensar mal para acertar, ni por la incapacidad de saborear a placer un buen momento. Qué va. Pero es que casi matemáticamente, justo cuando empiezas a relajarte, a pensar que sí, que esta vez todo está en su sitio, aparecerá algo que romperá la armonía. Algo que te recuerda lo frágil que sois tú y tu felicidad. Una circunstancia que con una colleja bien dada a traición y una risita irónica, te demostrará que nada es eterno, y menos aún lo bueno. Porque con la dicha pasa igual que con el infortunio: cuando tocan mal dadas parece que siempre se puede caer más y más bajo, aunque al final siempre haya un fondo que termina parando la caída. Pues la felicidad también tiene techo, aunque a veces nos parezca que el espacio hacia arriba es infinito. Ni mucho menos.

¿Pesimismo? Es posible. Mi madre lo resumiría diciendo que no hay mal ni bien que cien años dure, ni cuerpo que lo resista. Yo creo que el bien lo resistiría cualquiera, cien años o doscientos, es fácil encariñarse con las vacas gordas. Pero parece que la vida no quiere arriesgarse a que nos empachemos de demasiada miel en forma de felicidad, así que se encarga de administrarnos cada cierto tiempo una buena cucharada de ese aceite de ricino tan repugnante a veces, expedido sin receta con el nombre de “realidad"...

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