lunes, 19 de febrero de 2007

Una de las mejores cosas de la vida es la posibilidad de hacer cosas por primera vez. Sólo se vive una vez, es un hecho, no hay opción a un ensayo general, pero también es cierto que dentro de una vida se pueden repetir hasta la demencia las mismas cosas. Morir de aburrimiento viviendo hasta el infinito el mismo día de la marmota. Pero también, incluso los más resignados a ser engullidos por la monotonía rutinaria, experimentan de vez en cuando el vértigo delicioso de las primeras veces. El paso del tiempo suele matar estadísticamente la cantidad de cosas posibles de hacer por primera vez, quizás por eso es tan gratificante seguir encontrando vivencias que experimentar cuanto más mayor te haces...

Me gusta pensar que aún me quedan muchas primeras veces. Porque necesito seguir sintiendo el cosquilleo de la incertidumbre que supone no saber qué hacer ni cómo afrontar algo. Ese miedo sano, el del reto, el de lo desconocido que atrae, pero no atenaza ni atemoriza. Ese temor que te mantiene vivo, porque te salva, te agudiza el ingenio

Sin embargo, el pasado fin de semana viví una primera vez que, francamente, podía haberme ahorrado. Por primera vez sentí vez la náusea de sentirme robada. Una desazón muy distinta a la que se siente ante un reto difícil o ante lo incontrolable por desconocido. Nunca me han atracado, pero dudo que sentir el frío de una navaja en el cuello o encontrarte la casa patas arriba supere el vacío en el estómago que sentí al ver cómo alguien se apropiaba de mis palabras, de mis sensaciones, de mis pensamientos. De parte de mí. Supongo que debe ser algo muy parecido a lo que se siente cuando entras en casa y notas que han estado tocando tus cosas, probándose tu ropa y comiéndose el jamón del frigorífico.

También he sentido por primera vez la vulnerabilidad de la víctima ante la ira del atracador contrariado.

Y me ha dado más miedo aún…

1 comentarios:

José Antonio Peñas dijo...

Y aún quedan muchas primeras veces llenas de intensidad. Quien sabe cuantas verás que ni siquiera te esperas.