miércoles, 7 de marzo de 2007

De todos los fenómenos meteorológicos, el que peor soporto y más me crispa es el viento. Dicen que mucha gente se vuelve loca por su culpa, pero aunque yo no llego a tanto, sí que me trastorna bastante y me da el día cuando sopla. Consigue provocarme dolor de cabeza, me desasosiega, me altera, en definitiva. Quizás sea porque con el viento no hay más que dos opciones: o te dejas llevar por él, o te pones a su abrigo. Oponerle resistencia es agotador y siempre te cansarás tú antes que él. Siempre. Así que, los días que hace aire, intento salir lo menos posible, aunque incluso bajo cubierto, los aullidos del viento cuando sopla consiguen crisparme, ponerme inexplicablemente inquieta y, siempre, levantarme dolor de cabeza.

Evidentemente, hoy he pasado un día horrible. Con ese viento endiablado ululando, sin parar, metido en mi cabeza, como en mis peores pesadillas. Golpeando en las ventanas, metiéndose por las rendijas más mínimas, persiguiéndome, incapaz de rendirse…

Así que, sin que sirva de precedente, la que se tira la toalla soy yo. Aunque sea una tregua pasajera, la que dan unas horas bajo el edredón, calentita y a salvo, en el frágil limbo protector del sueño.

Buenas noches.

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