sábado, 24 de marzo de 2007

No fue un flechazo. Sólo he sido víctima de un flechazo en toda mi vida, pero no fue con él. Como a cualquiera, de entrada me cayó mal. Era demasiado torpe, demasiado gafe, demasiado borde, demasiado fracasado. Sin embargo, poco a poco, casi sin darme cuenta, consiguió atrapar mi atención y empecé a fijarme en él, dejando de lado a otros, a los más populares y triunfadores, a los que todas miraban, y terminé absolutamente encandilada por sus encantos. Porque los fracasados también tienen su atractivo, yo no lo sabía entonces, pero el imán estaba ahí, atrayéndome con fuerza hacia él.

El fue el primero que despertó en mí algo parecido al amor. El primero que hizo palpitar mi corazón esperando noticias suyas cada semana, deseosa de volver a encontrarme con él. El primero que me hizo olvidarme de mí para empezar a pensar en el bienestar y la felicidad del otro. Quizás fuera él quien sacara de mí ese gusto por lo poco evidente, ese placer por escarbar en la superficialidad de lo que se supone que es así y punto, esa atracción inevitable por lo mate, lo que los demás dejan de lado mientras se dejan deslumbrar por lo brillante…

Yo sólo tenía cinco años cuando le conocí, pero le quise tiernamente durante casi diez años, cuando otro mucho más carnal consiguió acaparar mi atención y mi corazón, sentándose dos mesas más allá en clase de inglés. Pero nadie, a lo largo de los años, ha conseguido que lo olvidara…

Mi primer amor fue el Pato Donald.

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