domingo, 29 de abril de 2007

Escribir sobre uno mismo es como mirarse en el espejo y empezar a hacer muecas o a mover un brazo. Sabes de sobra que la que gesticula eres tú, no tu reflejo, igual que estás segura de que es tu brazo el que se está moviendo, porque el de ésa que está en el espejo no puede moverse sólo. Pero por alguna extraña e inexplicable razón no sientes cómo lo mueves, ni siquiera tienes la sensación de que sea tu cerebro y no el suyo, el que da la orden de moverlo. La miras, y te sientes testigo de cómo alguien con tu misma cara se peina, con bastante más arte del que tú tendrías si no te ayudaras de un espejo para no salir de casa hecha un adefesio… Ella es capaz de poner caras que tú no tenías ni idea que sabías poner, y te sorprende cómo girando la cabeza hacia la derecha, consigue, la muy pilla, parecer dulce y resuelta, arrebatadora y misteriosa, al mismo tiempo. Y es que, en algún punto del hilo que os une a las dos, a ti y a tu reflejo, hay un cabo suelto, y, a pesar de estar segura, pero convencidísima, de que ella no es otra cosa que tú misma, tienes la sensación de que ella tiene vida propia, una voluntad y un albedrío que a ti te falta en demasiadas ocasiones.

Y terminas reconociendo muy a tu pesar que, sin lugar a dudas, la chica del espejo, igual que ésa que cuenta lo que le pasa por la cabeza, que es la tuya, aunque se parece mucho a ti, te gana por goleada. Y aunque similar en lo básico, en lo más evidente, tiene la muy puñetera un no se qué muy distinto a ti, que la hace mucho más lista, mucho más salada y atractiva que tú…

E igual que al mirarte al espejo, aunque lo sabes, te queda la duda de quién será la más verdadera. Si lo serás tú o la que te mira burlona y segura de sí misma desde el otro lado de las letras…

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