martes, 17 de abril de 2007

La gran ventaja de no darse nunca por completo a los demás es la imposibilidad de que el otro se lleve parte de uno cuando termine por marcharse. Ventaja ésta, la de la reserva, como tantas otras, envenenada. Porque quien se guarda algo de sí mismo en espera de que llegue alguien merecedor de recibirlo, puede terminar encontrándose con lo que guardó se quede obsoleto según pasa el tiempo, que se llene de polvo y telarañas y finalmente no sirva para nada y nadie lo quiera. Pero aunque las personas reservadas saben mejor que nadie lo alto que puede ser el precio de su hermetismo, el instinto de supervivencia suele ser más fuerte que la certeza de que esa actitud introvertida les cierra puertas que pueden no abrirse más de una vez en la vida.

Esa precaución ante los demás no es otra cosa que una especie de seguro de vida, como el que mete un fajo de billetes bajo el colchón aunque siga ingresando la nómina en el banco. A pesar de confiar en que su dinero está seguro en la cartilla, algo le dice que no está mal tener un poco de efectivo a mano, por lo que pueda pasar. Un dinero de emergencia, para cuando la bancarrota llegue al banco y haya que empezar de nuevo de cero.

Porque la gente tímida, por lo general solitaria, tiene especialmente desarrollado ese instinto autoprotector que salvaguarda lo más hondo de cada uno de la hostilidad exterior, una parte de ellos mismos, mayor o menor según el grado de introversión de cada uno, que les lleva a guardar celosamente ciertas zonas de ellos mismos, a reservarlas para tiempos mejores, en espera de alguien que no termine por desaparecer, llevándose consigo partes de uno que jamás se recuperan. Una prudencia ésta tan inútil como frustrante: quizás el banco quiebre, o quizás no. Y si lo hace, seguramente los billetes de debajo del colchón ya no sean de curso legal.

Pero si lo son, si el dinero aún sirve, el reservado se sentirá seguro, dueño de sí mismo y su destino, porque nadie se habrá llevado nada suyo y habrá sobrevivido entero. Pero tampoco tendrá nada de nadie, porque nadie le habrá dado nada. Estará solo.

Porque el blindaje le habrá protegido de la adversidad, sí, pero también le habrá aislado de la tibieza del sol, de la caricia del viento... Y también del brillo de esos ojos, de la tibieza de aquel cuello, del aroma de ese pelo...

0 comentarios: