domingo, 22 de abril de 2007

La primavera va abriéndose hueco a codazos, entre tormentas repentinas y sol rabioso, entre camisetas de manga corta y botas hasta la rodilla. El armario es un batiburrillo de abrigos y sandalias, jerseys de cuello alto y pantalones pirata. Y el cielo azul y la temperatura agradable, en lugar de iluminar el espíritu y dinamizar el ánimo, logran el efecto contrario. Porque la verdadera borrasca está dentro, no fuera, y poco importa que en la calle la temperatura sea suave e invite a pasear y a sonreír a los que se cruzan contigo, o que las cunetas sean una explosión de color rojo, amarillo y violeta, un regalo para los ojos…

Miras hacia atrás, y sólo encuentras el rastro del lastre que fuiste tirando hasta llegar a donde estás ahora. Miras hacia delante, y no ves nada, sólo un precipicio que lo mismo podría llevarte a la gloria como al desastre, aunque lo que más te angustia no es la posibilidad del desastre, sino la incertidumbre, el no saber ni siquiera si habrá futuro... Y aún así, en el fondo, sabes de sobra que la solución más sencilla sería dejar en paz lo que ya ocurrió y no pensar en lo que ni siquiera ha ocurrido todavía. Mirar a tu alrededor, aquí, ahora, ser consciente de lo que tienes, olvidar lo que te falta, pegar un portazo definitivamente a tu pasado, ignorar a tu futuro como se ignora a un niño enrabietado, hasta que no quede más remedio que mirarlo de frente, porque se haya convertido en presente. Abrir la ventana, ventilar la atmósfera enrarecida que te ahoga, y disfrutar del calorcito del sol.

Vivir el presente. Sin pensarlo demasiado.

Antes de que sea demasiado tarde…

 

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