jueves, 17 de mayo de 2007

Creo que soy una workaholic. Qué tontería, no es que lo crea, es que estoy segura. Completamente y cada día más. Y no porque me refugie en el trabajo para huir del resto de mi vida porque ésta sea un rollo, por ejemplo, sino porque en el trabajo, esa tarea mercenaria que te ocupa más de un tercio de tu vida, igual que en el resto de mi existencia, me pierde el querer hacerlo bien, ese sentido de la responsabilidad tan dominado por el sentimiento de culpa cuando no se da todo. Es eso y no otra cosa lo que arrebata mis energías dedicadas a otros aspectos de mi vida, lo que consigue llevarse el dudoso honor de ser el centro de mis esfuerzos, de mis pensamientos y de mi tiempo. Y eso que en ocasiones es gratificante, la mayoría de las veces es una putada.

Tiempo atrás me ocurría lo mismo con los estudios. Y yo pensando que cuando trabajara las cosas serían distintas… Pues no.

¿Llegará el día en el que aprenda a relativizar la importancia de hacer las cosas perfectas o casi? ¿Seré capaz de priorizar sin necesidad de que la realidad me pegue un guantazo y me ponga en su sitio, así, por las bravas? Deseo y confío con toda el alma que así sea. Es más, lo necesito. Mi equilibrio emocional lo pide a gritos. Y es que no se pueden tener 40 años y ser tan canela…

Por lo pronto, mañana me voy a Cannes. Cine y más cine los próximos diez días. Desconexión de mí misma para meter la nariz en historias y ventanas ajenas. Tiempo para pensar en nada, y poder pensar en todo. Un intento de darle la vuelta a las cosas.

Una quimera, seguramemente. Pero habrá que intentarlo.

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