lunes, 28 de mayo de 2007

Cuando te paseas por La Croissete durante los días que dura el Festival de Cine de Cannes, te das cuenta de que sí, de que esas mujeres que creías que sólo existían en las fotos y en las películas son de verdad, pasan andando por tu lado, luciendo vestidos que cuestan medio año de tu sueldo y con bolsos al hombro que no, no son de imitación, de esos que venden en el mercadillo de Majadahonda. Y constatas que, casi de manera invariable, van colgadas del brazo de señores bronceados y canosos, de cutis sospechosamente tersos y manos lógicamente arrugadas, que bien podrían ser sus padres...

Las estrellas de cine, los planetas y los satélites de la industria cinematográfica, bajan al sucio suelo de los mortales durante algo más de una semana, compartiendo contigo una ciudad en la que no están todos los que son, pero en la que todos los que son quieren e intentan estar. Los verás de lejos, a unos cuantos pasos de ti, eso sí, acribillados por los flashes y los gritos de los fans, más cercanos, pero igualmente inalcanzables... Sin embargo, también puede que la casualidad haga que les pilles bajándose de un coche de lujo, a escasos metros de ti, y que casi te rocen al cruzar la calle, desprendiendo una estela de un perfume que, por mucho que lo busques, jamás encontrarás en ninguna tienda, y dejando colgado en el aire el recuerdo de unos ojos que te han mirado de refilón, pero no te han visto, porque tú no eres nadie para ellos, poco más que un elemento móvil y animado del mobiliario urbano.

Lo que la diva nunca sabrá es que tú, humilde mortal, nunca olvidarás que un día soleado de mayo de 2007, durante una décima de segundo, tus ojos se zambulleron el océano azul grisáceo de los de Carole Bouquet…

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