martes, 8 de mayo de 2007

Desde mi ventana no se ve la calle. Ya no. Sólo las plantas de la urbanización en la que vivo. Es un jardín bastante bonito, no en vano ganó el premio del mejor jardín del pueblo hace unos años. Sin embargo, no es la calle. La gente no pasea, sólo van andando deprisa ansiosos por llegar a sus casas después del trabajo, o apresurados para sacar al perro y volver lo antes posible al sofá. De vez en cuando se ven algunos niños montando en triciclo, otros jugando al fútbol, pero no son muchos ni todos los días. Aunque se pueda jugar a gusto, haya mucho espacio y bonitas plantas, no es la calle. Es un jardín tranquilo, demasiado tranquilo, con bancos siempre vacíos, a tu disposición, pero que no apetece ocupar, al menos a mí no me dan ganas. Prefiero quedarme en la terraza de mi casa, unos pisos más arriba, si lo que quiero es tomar el sol, o leer tranquilamente, o bien salir a la calle, fuera del “guetto”, y ver gente de verdad, de la que va y viene, la que entra y sale de las tiendas, la que regatea a los coches en los pasos de peatones, la que te sonríe porque sí o te pone cara de perro sin motivo.

Desde la ventana del coche, cuando conduces, tampoco se ve gran cosa. Bastante tienes con ir atenta a lo que pasa a tu alrededor y conducir bien… Para poder mirar, tienes que ir de pasajero, y yo ya llevo mucho tiempo siendo conductora solitaria, con la radio como única compañía. Y reconozco que echo mucho de menos mirar por la ventana y observar lo que pasa por la calle, o mirar sin ver, que también tiene su aquel. O quedarme mirando a la fauna que me acompaña en el vagón del metro. Hacer todos los días el mismo trayecto conduciendo es tan automático que si te preguntan cuál es el número de la salida de la M-40 que coges, seguramente no tengas ni idea, aunque podrías hacer con los ojos cerrados el recorrido, y hayas asistido en directo durante días a la putrefacción de un gato atropellado delante de ti.

Quizás éstas sean dos buenas razones para explicar por qué cada vez escribo menos. Esa sensación de vacío y telarañas, de buscar y no encontrar, sencillamente porque no tengo gran cosa que decir. Porque no veo gente, ni siquiera de lejos, porque el círculo de gente con la que trato es pequeño, como un bonsái, pequeño y además delicadito, de mírame y no me toques... Porque no me pasan cosas, porque mi vida es un “metro-boulot-dodo” en formato castizo “coche-trabajo-cama” y vuelta a empezar cada día, a toque de móvil a las 6:55 AM. Y, como si de un dejavu se tratara, me veo otra vez con diez años, la falda tableada y los calcetines caídos, mordiéndole desesperada la tapa al boli bic, cuando quería escribir una novela, pero no podía, por más que me estrujaba el cerebro, porque no había vivido lo suficiente y no tenía absolutamente nada que poder contar, ni imaginación suficiente para inventármelo. Solo que ahora lo que hago es quedarme mirando con cara de boba la página inmaculada de word y con la conciencia remordiéndome por no haber actualizado el blog en una semana.

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