lunes, 25 de junio de 2007

Cambiar de vida supone renunciar a muchas de las cosas buenas que acompañan a las malas, ésas que precisamente nos han llevado a plantearnos la posibilidad de cambiar de vida. Y esa renuncia es un precio demasiado alto para muchas personas, que terminan abrumadas por lo complicado y definitvo que puede resultar hacer que tu vida sea otra. Y al final se quedan como estaban. Resignados a aceptar que es imposible cambiar de vida así como así.



Así como así no, pero claro que se puede dar un giro a tu existencia, a veces ligero, apenas perceptible, pero suficiente para oxigenarte un poco. O ir mucho más allá, y dar la vuelta a lo que ha sido tu día a día hasta entonces, como si de un calcetín se tratase. Otra cosa es que se quiera. O que compense movilizar tantas cosas y a tantas personas para poner el peligro lo que sí funciona, y cambiar sólo lo que no va bien, eso de lo que ni siquiera tenemos la garantía de que, después de cambiado, será mejor...

Porque a fin de cuentas, y aunque a veces no seamos conscientes del poder que tenemos en nuestras manos, y ni siquiera sepamos cómo ejercerlo, aunque nos asuste hacer uso de esa posibilidad, la vida no es otra cosa que lo que cada uno quiere que sea.

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