sábado, 16 de junio de 2007

Lo peor del amor no es que se termine, sino que se transforme. Y no porque el resultado de esa transformación sea algo malo en sí mismo, sino por lo triste que es comprobar cómo algo que empezó siendo algo grande, épico e inaprensible, termina convirtiéndose ante tus ojos en una cosa portátil, cómoda y segura. Como si compraras una joya de diamantes y con el tiempo te encontraras con vulgares zirconitas, que dan el pego, pero nada más, y encima tuvieras que estar contento por ello. Sin embargo, no hay nada más desolador que ver cómo una de esas pasiones arrebatadas y arrebatadoras que a veces surgen, se transforma ante tus ojos en una relación basada en lo que se supone que debe ser porque así le ocurre a la mayoría de la gente, y algo tormentoso, ardiente e imprevisible pasa a ser algo atemperado, tibio y seguro, donde el sentimiento de compañía y la pereza que da el solo hecho de pensar en empezar de nuevo son los reyes absolutos.

Bueno, quizás sí haya algo más triste que verlo:

Vivirlo y resignarse a que las cosas no puedan ser de otra manera…

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