miércoles, 18 de julio de 2007

El verano sirve para pocas cosas. Hace demasiado calor para moverte, para dormir, incluso para pensar. Apetece airear y darle una vuelta a la casa, y te remangas, te pones el delantal y coges el aspirador, pero de ahí no pasas, porque el bochorno consigue que no puedas mover ni un dedo, así que la limpieza general se queda, de nuevo, aplazada sine die. Las ropas ligeras y escotadas te dan ganas de cambiar tu color blanco aspirinoso por un doradito tostado, pero por más que lo intentas no soportas estar al sol, y terminas buscando desesperadamente la sombra y los aires acondicionados, luciendo un color anémico y decimonónico del que tampoco te has librado este año. Ni te librarás nunca, pero eso lo sabes ahora, no dentro de unos meses, cuando te propongas firmemente, de nuevo, ponerte morena el próximo mes de julio. En verano ni siquiera puedes leer libros densos y profundos, la mente quiere cositas ligeras, refrescantes e intrascendentes. Si tienes suerte y te toca hacer jornada intensiva, trabajarás menos tiempo, pero paradójicamente tendrás más trabajo: la mitad de la gente está fuera, y las cosas tienen que salir, así que, en lugar de ir más relajadamente, vas a trágala perro, haciendo lo tuyo y lo de los demás, la mañana se te pasa en un suspiro y te quedan mil cosas por hacer. Y encima te vas dentro de dos días… Y tienes que dejarle a quien vuelve parte de tu trabajo más o menos estructurado, para que la vida no se pare porque tú no estés, y para que el montón de papeles en tu mesa cuando vuelvas no te engulla, sólo te sepulte durante quince días, así tirando por lo bajo. O sea, casi los mismos que has estado fuera...

El precio es alto, pero la contrapartida merece la pena. En mi caso, serán tres semanas de vacaciones que están a la vuelta de la esquina. Veintitrés días sin obligaciones laborales, un paréntesis en el que romperé esa cadena invisible que la empresa nos echa al pie y que nos mantiene atados en corto durante el resto del año. Tres semanas con absoluta libertad para ir dónde quiera y hacer lo que me dé la gana. Para visitar lugares en los que nunca he estado (Bélgica y Holanda, esta vez), y como me pasa siempre, para hacer un montón de planes y buenos propósitos para mi vuelta (para mí el año siempre ha empezado en septiembre, o sea, después de las vacaciones de verano…). Todo eso, claro está, después de que necesite alejarme de casa los 125 kms. de rigor para convencerme de que no soy imprescindible, y si lo soy, peor para los que se quedan…

El verano sirve para bien poco, pero es una estupenda manera de comprobar que los puntos y aparte son necesarios para poder mirar desde una cierta distancia lo que has escrito en lo que va de año. Y para pensar en lo que te queda por escribir hasta diciembre.

0 comentarios: