jueves, 12 de julio de 2007

Miro tus fotos, ésas en las que también estoy yo, y me invade una sensación de irrealidad, una oleada casi mareante que me sacude y me hace tambalearme, casi físicamente, como si de pronto no pudiera soportar la fuerza gravitatoria de tu realidad, de nuestra realidad. La solidez de la certeza de que estás conmigo, que llevas estándolo el tiempo suficiente como para que ya estuviese no sólo acostumbrada, sino incluso ligeramente aburrida, engullida por el inevitable torbellino de la monotonía, de lo que se repite día a día, y termina perdiendo el brillo de lo nuevo para adquirir la pátina de lo usado. Sin embargo, es suficiente mirarte cuando te tengo delante y tú no sabes que te miro, o cerrar los ojos, cuando no estás, para sentir una punzada aguda, dolorosa incluso, un fogonazo de lucidez que me impide olvidar que soy muy afortunada. Porque la felicidad duele, y es que sólo quien ha sido muy feliz sabe hasta que punto se puede ser absolutamente desgraciado.
Sólo el que atravesó el desierto con la cantimplora vacía conoce el auténtico valor de un vaso de agua...

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