viernes, 31 de agosto de 2007

Por suerte para mí, fui una niña gafotas, pero no gorda. La misma genética que me la jugó con las dioptrías, me permitió comer a mis anchas, sin necesidad de controlar el bocadillo de nocilla de la merienda o las patatas fritas de la cena. La buena mano de mi madre también influyó, creo yo, en que mantuviera durante toda mi infancia y juventud un peso estable y correcto para mi constitución y altura. Vamos, que jamás en la vida me había visto obligada a pensar en dietas o regimenes para quitarme kilos. Era algo que veía de lejos, mientras me metía entre pecho y espalda lo que me daba la gana.

Hasta ahora. La vuelta de las vacaciones me ha sorprendido traspasando la barrera de los 60 kilos, algo que nunca me había pasado nunca. Me he tirado años y años pesando entre 56 y 58 kilos, por lo que los 62 de ahora me han hecho tambalearme, como si me hubiesen pegado una bofetada.

Así que, por primera vez, y espero que por última, estoy a régimen. Y sí, es horrible, triste y deprimente, mucho más de lo que se cuenta por ahí y desde luego muchísimo más de lo que imaginaba. Tengo 4 kilos que perder y, no tengo ni idea de cuanto tiempo por delante para hacerlo. No sé si irá rápido, o me llevará semanas y semanas, todas ellas llenas de verduras sosas, pescados hervidos y carnes a la plancha... Y aunque me ha sorprendido mucho lo duro que es no poder comer lo que quieres y te gusta, más pasmada aún me ha dejado ver lo disciplinada que estoy siendo en los pocos días que llevo controlando rígidamente lo que como. Con un rigor férreo, digno de mejores causas, para qué negarlo...

¿Quién dijo que a los 40 no quedaban todavía primeras veces?

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