domingo, 26 de agosto de 2007

Siempre he deseado con toda mi alma que terminaran las vacaciones de verano, para volver a una normalidad que me gusta, me reasegura, me estabiliza. La idea de empezar de nuevo, ya fuese el curso o el trabajo, me ha parecido siempre atractiva. Quizás porque lo que suponía dejar atrás no merecía la pena. Nunca viví un "verano azul", con pandilla o amores estivales de los que no quisiera separarme. O lo mismo sólo se trata de ese gusto mío por los borrones y cuentas nuevas, por las páginas en blanco, por los cuadernos flamantes y por escribir...
Aunque esa tendencia era mucho más fuerte en la época escolar, incluso ahora, que soy adulta y no tengo que comprar libros de texto para mi nuevo curso, ni tengo curiosidad por ver qué profesores me tocan este año, sigo siendo la misma. Cuando la gente se deprime por volver a trabajar, a mí no es que me alegre, pero tampoco me disgusta. Y por mucho que esté disfrutando de mis viajes, del ocio y de la desconexión laboral, imprescindible para mi equilibrio mental, siempre me da la sensación de que he tenido demasiados días de vacaciones, y no puedo evitar terminar por echar de menos mi casa, y que la idea de volver se apodere de mí, lenta, pero inexorablemente. Cual ET desesperadamente nostálgico, lo reconozco.
Y el caso es que me gusta el verano, pero más me gusta que se termine, porque su fin supone el principio de todo otra vez. Y no creo que haya nada que me guste más que un comienzo. Porque de nuevo, aunque sea durante un tiempo breve, todo vuelve a ser posible…

1 comentarios:

Alegría. dijo...

... un comienzo... todo vuelve a ser posible...
Así es.
Ya no te doy más besos, ¡ea!