lunes, 13 de agosto de 2007

Vuelvo, y tengo la sensación de que no me he ido, sino que todo ha sido una fantasía paralela, algo así como un producto de mi imaginación. Ni siquiera las fotos consiguen dotar de realidad a lo vivido en estas últimas tres semanas: tengo poco en común con el enano del padre de Amélie, y no suelo posar junto a los monumentos de las ciudades que visito. Yo no hago fotos, nunca encuentro el momento ni sé ver lo que merece la pena ser conservado para la posteridad, me pone muy nerviosa intentar averiguarlo y que mientras tanto se me escape un buen momento… Soy conseciente de que he estado en Burdeos, Poitiers, Chartres, París, Lille, Tours, Oradour-sur-Glane, Dunkerke, Brujas, Bruselas, Gante, Ostende, La Haya, Ámsterdam, Amberes, Alkmaar, Utrech, Lieja, y en más sitios cuyos nombres ya se me han olvidado. Debo haber estado allí, porque después de sacar el equipaje del coche, he encontrado planos de ciudades, folletos de monumentos, facturas de hoteles, revistas en francés, envoltorios de patatas fritas de sabores raros llenos de palabras que no entiendo, y botellas vacías de aguas minerales que no son Bezoya ni Font Vella, precisamente…

Siempre, desde pequeña, he tenido una sensación rara y egocéntrica, lo reconozco: que el mundo empezaba y terminaba donde yo estaba. Me explico. A pesar de tener muy claro que había más ciudades que la mía, miles de pueblos, grandes y pequeños desparramados por todo el mapa, y no sólo el de España, sino los de los otros países, siempre se me hacía extraño pensar que en todos y cada uno de esos puntitos del atlas la vida seguía su curso, paralelo al mío, aunque yo no lo viera. Que había casas, y gente, personas que trabajaban, niños que iban al colegio, que se ponían enfermos, y a los que sus madres consideraban los más guapos y más listos del mundo, igual que hacía la mía conmigo. Y también ellos, de alguna manera, quizás no tan radical como la mía, pensaban que el mundo más allá de su barrio no existía realmente…

O sí…

¿Sí?

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