viernes, 21 de septiembre de 2007

El amor no correspondido, es, ante todo, una putada para el que ama sin ser amado. De eso no cabe duda. Una mala jugada del destino o las circunstancias que te pone en un lugar inadecuado y en el momento menos oportuno. Y lo peor de todo, frente a la persona que parece ser la correcta, salvo por el pequeño detalle de que ella no siente lo mismo que tú, ni por asomo… Esa es la visión del que quiere sin esperanza, pero ¿cómo ve las cosas el que es objeto de una pasión amorosa y no puede corresponder a ese sentimiento?

Para quien es amado y no ama, el amor es como un regalo muy bonito, una joya cara y elegante, pero elegido para la persona incorrecta. Comprado con las mejores intenciones del mundo, invirtiendo dinero, tiempo y buen gusto, pero inadecuado por completo. El que lo recibe sabe de su valor, lo mira y se asombra de tener algo tan valioso sin haberlo pedido, sin que ni siquiera sea su cumpleaños, pero por más que lo piensa no sabe qué hacer con él. La persona objeto de una pasión asimétrica y unidireccional sabe lo que tiene entre manos, lo delicado y valioso que es, pero también sabe no lo necesita y que nunca lo usará. Es como si se le regalase un collar de diamantes digno de lucirse en una gala de los Oscars a una humilde ama de casa que, lo más lejos que ha ido a cenar, ha sido al chino del barrio. Mirará el collar con admiración dentro de su caja, pero no se lo pondrá nunca, aunque tampoco será capaz de ir a empeñarlo, le daría demasiada pena… O como si le dieses a un pastor de cabras africano las escrituras de propiedad de un piso en Paris. Seguramente el buen hombre, que vive en una choza de paja, sepa que en algunos sitios hay casas de piedra que no necesitan hacer una hoguera para calentarse y a las que el agua llega sola apretando un botón, e incluso si ha ido algún día a la escuela, le suene que París está en Europa. Y el africano, que apenas sabrá leer, mirará su papel timbrado, la firma del notario, y será consciente de que tiene en su mano algo que en alguna parte vale mucho, pero que, francamente, a él no le sirve para nada. Se sentirá importante porque tiene algo que no tienen sus vecinos, y agradecido, porque alguien ha pensado en él para ofrecerle algo valioso que nunca habría soñado pedir, pero sabrá que nunca disfrutará de su piso parisino, porque su vida son las cabras, el polvo y las idas y venidas al pozo a por agua.

Los afectos que van en una sola dirección son como esos juguetes demasiado bonitos y sofisticados que los Reyes Magos traen a niños que nunca los pidieron en sus cartas.

Niños que, al final, con lo terminan jugando es con la caja…

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