lunes, 3 de septiembre de 2007

Lo peor de que alguien te defraude no es que esa persona pierda para ti toda su credibilidad y nunca más la mires igual, sino que ese chasco a nivel particular se extienda a nivel general, y que una experiencia concreta termine determinando tu predisposición y tus expectativas respecto al resto de la gente que conoces y con la que te irás encontrando a partir de ese momento. Es lo que tienen los desengaños, capaces de hacerte sentirte ingenua y estúpida, dejándote con la paranoica sensación de que la gente es más mala de lo que tu cortita e inocentona mente podíais imaginar.

Y no porque esperes demasiado: hace tiempo que aprendiste lo equivocado que es eso, sino porque tu imaginación, demasiado simple y de fondo honrado, con un punto ingenuo que no termina de corromperse a pesar del tiempo y las experiencias, no podía llegar sospechar tanta doblez, tanta maldad, tanta frialdad detrás de una máscara tan perfectamente conseguida de honestidad, buen rollito y profesionalidad.

Pagarán justos por pecadores, lo sé, aunque me consuele pensar que también pasa a veces al revés, cuando lo que tienes es una sorpresa positiva y de pronto lo ves todo de color de rosa, y todo el mundo te parece bueno. Pero llevarte un chasco gordo con quien menos lo esperabas es una manera de envejecer de pronto, y sin posibilidad, me temo, de un “lifting” moral que te vuelva a tu estado anterior al momento del desengaño. Y es que no hay vuelta atrás, aunque sé que seguiré pensando bien, porque es mi tendencia natural, y no acertaré, claro está, y volveré a patinar pensando que nadie puede ser tan rastrero. Sin embargo, no puedo dejar de reconocer, con cierta pena teñida de desencanto, que la Teresa que esta noche se meterá en la cama es un poquito menos cándida, mucho menos candorosa y bastante más escéptica y desconfiada en lo que respecta a los demás de lo que era la que se levantó esta mañana.

Así es la vida. Sí.

Lo cual no deja de ser triste.

Muy triste.

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