martes, 16 de octubre de 2007

Me pasé buena parte de mi niñez corrigiendo a la gente que, nada más conocerme, me rebautizaba, añadiendo a mi nombre un “María” que jamás existió en mi partida de nacimiento, ni tampoco en las cabezas de mis padres cuando decidieron que me llamarían igual que mi madre, con poca originalidad, pero con la ilusión de los progenitores primerizos. Y es que a principios de los años setenta, rara era la niña que no se llamaba “María Algo”, por lo que la gente, movida por la inercia de verse rodeados de marabuntas de “Marias del Carmen”, “Marias José” o “Marias del Pilar”, terminaba dando por hecho que, te llamaras como te llamaras, también te llamabas “María”. Creo que eso de que los demás pensaran así, sin ton ni son, porque sí, porque era lo más común, que yo me llamaba “María Teresa” me repateaba incluso más, y ya es decir, que cuando mis compañeras me cantaban en el recreo eso de “Teresa la marquesa, tipiti, tipitesa…”. ¿Por qué esa confusión, si yo siempre rellenaba fichas, formularios de matrícula, cuadernos y libros con mi nombre perfectamente escrito, con un “Teresa” claro y contundente, que no dejaba lugar a dudas? Luché inútil, pero ferozmente, por salvaguardar mi “Teresa” a secas, con un ahínco un punto laico y ligeramente ateo en un colegio de monjas, donde alguna madre franciscana, conmovida por el ardor con el que yo defendía mi único nombre, reconoció en público y para mi regocijo que la Teresa más famosa e ilustre de todas las Teresas, la de Avila, era Teresa, sin más, y bien lejos que llegó ella solita, sin necesidad de pagar el peaje de coser a su nombre el de la Santísima Virgen.

Me gustaba eso de no llamarme “Mari Tere”, ni “Maite”. “Teresa” sonaba mejor, más rotundo, como a señora lista, respetable y decidida, con carácter. Además, nunca coincidí en clase con más de una niña que se llamara como yo, con lo cual me pude permitir el lujo de que los profesores se dirigieran a mí casi siempre por mi nombre, librándome del suplicio de que me llamaran por el apellido, algo que siempre odié con toda mi alma. Me sonaba a cuartel, a una mili que no hice, como si en cualquier momento la profesora me fuese a pegar un sopapo, antes de mandarme al calabozo, o al despacho de la directora.

El colegio terminó, el instituto pasó rápidamente y la universidad me lanzó a un mundo en el que ya, sin lugar a dudas, yo era “Teresa”. Aunque en casa siguiera siendo “la Niña”, o “la Tere”, eso no importaba. Fuera era “Teresa”. Sin más. Al fin.

Sin embargo, cuando ya daba por hecho que había conseguido algo tan difícil como que el mundo me aceptara a pesar de no llamarme “María”, ocurrió algo. Inesperado y estúpido. Algo que me hizo sentir como si de repente, en medio de un campo de fútbol repleto de gente, todos dejaran de mirar el partido y se volvieran a mirarme a mí, y, a coro, cuarenta mil personas me cantaran “Teresa la marquesa”…

Cinco letras. “Esas” cinco letras. Fatídicamente dispuestas, una detrás de la otra, en el lugar menos adecuado del mundo: delante de mi nombre, en el cartoncito rosa que me permitiría conducir un coche durante los próximos diez años. Y es que de la manera más tonta, de la noche a la mañana, con los veinticinco años ya cumplidos, por el capricho o el despiste de un funcionario, durante los siguientes tres mil seiscientos cincuenta días de mi vida, de manera oficial y con la bendición de la Dirección General de Tráfico, de nuevo yo ya no era yo.

Era “María Teresa”.

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