viernes, 5 de octubre de 2007

Te despiertas con el móvil, sobresaltado por una musiquilla ratonera o con un politono del canto de un gallo. Desayunas con las noticias de la radio, pensando en que no se te tiene que olvidar el MP3, porque el trayecto en el tren es largo y potencialmente aburrido. Seguramente, en tu oficina tendréis hilo musical, aunque siempre nos quedará el Windows Media Player del ordenador… Comes en un restaurante de menú con la televisión a todo meter, mientras te enteras con pelos y señales de lo cabrón que es el jefe del tipo de la mesa de al lado. Sales de trabajar, y corres a hacer la compra a un supermercado con el disco más vendido del momento sonando a todo volumen. Cenas con la tele puesta, y con ella te adormeces en el sillón, hasta que, vencido por el sueño, te vas a la cama.

De forma consciente o sin darnos ni cuenta, huimos del silencio, como si nos aterrorizara mirarlo de frente. Lo esquivamos con agilidad felina, quizás porque es el único capaz de imponerse ante el resto de las cosas que nos distraen, y nos obliga con férrea energía a enfrentarnos al ruido más ensordecedor de todos: nosotros mismos.

Y el silencio se convierte en una palabra cada vez más ausente de tu vida…

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