martes, 20 de noviembre de 2007

Aprendes, y al mismo tiempo que adquieres nuevos conocimientos, ese nuevo saber elimina ingenuidades, mata ilusiones, debilita certezas. La inocencia recula y deja su hueco al desencanto. El factor sorpresa cada vez más endeble no consigue hacer su trabajo, nada logra sobresaltarte, y crees que lo has visto todo, porque así es. Dominas una parcela de tu mundo, y cierras los ojos a lo que está fuera, porque es más cómodo y seguramente no te haga falta para nada. Es sólo cuando consigues darte cuenta de que existen cosas que aún te quedan por ver, y que quieres verlas, que lo necesitas tanto como lo necesitaste antes, cuando aún no sabías casi nada, es entonces, en ese momento cuando te das cuenta de que quizás estés salvado, a pesar de todo. Que la sabiduría no es dañina, y que puede sorprenderte la propia sorpresa.

Aprendes, y sabes que ya no habrá muchas primeras veces. Y reconoces que quizás lo único que compensa cada una de esa pequeña muerte es la posibilidad de compartir lo que ya sabes. De tener en tu mano el conseguir ese brillo en los ojos de otro, que gracias a ti descubre un universo del que no tenía ni idea.

Dicen que eso es la experiencia. Otros lo llaman madurez...

Yo no debo estar demasiado madura todavía, al menos no lo suficiente para caer del árbol de la ingenuidad y empezar a moverme por el suelo de la adultez plena. Porque aún me sorprendo. Todo el tiempo. De manera brutal, en ocasiones. Más que antes, si cabe.

Y es que cuanto más vivo, más cuenta me doy de lo mucho que me falta por vivir. Las cosas que me suceden no se limitan a afectarme más o menos: me estremecen y me trastornan hasta límites preocupantes, tanto si son buenas como si son malas. Lo negativo, por sí mismo, y sin posibilidad de resguardarme en la corteza que deberían haberme formado los años y las malas experiencias anteriores, y que no existe en mi alma. Lo positivo porque tengo una especie de síndrome de Sthendal que consigue angustiarme en los momentos más dichosos, como si no pudiera soportar ser la poseedora de ese instante de felicidad.

Yo no vivo: siento.

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