domingo, 25 de noviembre de 2007

Dicen que hubo un tiempo en el que los hombres conquistaban a las mujeres con versos. Lograban atarlas para siempre a ellos con lazos hechos de palabras. Rendían voluntades con paciencia infinita, y estaban dispuestos a dar un mundo a cambio de una mirada. Cuando las palabras no lograban su objetivo, esos hombres sabían retirarse, vencidos, pero no derrotados. Algunos ponían tierra de por medio, y terminaban sus días en territorios inexplorados, lo bastante lejanos como para amortiguar el dolor del desamor. Allí cazaban bisontes, o evangelizaban a nativos, y el recuerdo de la amada desdeñosa se desvanecía entre el sudor del campamento, o se enredaba en las mosquiteras de la misión. Otros hombres no correspondidos en su amor cerraban los ojos, apretaban los dientes y se embarcaban en guerras de donde sabían que no regresarían. Aunque a veces regresaban, y comprobaban que la vida había seguido su curso, a pesar de ellos, sin contar con ellos, aún a costa de su dolor, sembrando ahí donde ellos pensaron que no crecería nada. Algunos hombres que amaron sin que les amaran guardaban la negativa en algún rincón de su alma, bien profundo, donde nunca entrarían sus futuras esposas, pero al que acudirían en algunos momentos de sus vidas, preguntándose con cierta amargura qué hubiese pasado si lo que no pudo ser, hubiese sido.

Eso debió ser en un pasado muy, muy remoto, porque desde hace algunos años a demasiados hombres les cuesta aceptar que las cosas no siempre son como uno quiere. Quizás lo fuesen cuando eran pequeños, y una pataleta a tiempo solucionaba cualquier contrariedad. Pero cuando uno crece, hay que aprender a aceptar lo inevitable. Tarea difícil, en un mundo en el que nos enseñan a luchar por lo que queremos, pero no a retirarnos a tiempo y a asumir que nos han derrotado. Tampoco en el amor. Hay hombres que no pueden aceptar el fracaso. Son incapaces de admitir que han perdido y no pararán hasta que, de verdad, lo pierdan todo.

Corren tiempos en los que una mujer puede firmar su sentencia de muerte con una palabra.

"No".

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