viernes, 14 de diciembre de 2007

La vida transcurre plácidamente, con método, incluso con monotonía, haciéndote creer que tú controlas lo que haces y apartas lo que no quieres hacer, pero realmente el volante no lo llevas tú. No eres más que un simple copiloto que de vez en cuando sugiere una nueva ruta, o indica que dentro de dos glorietas hay un desvío nuevo, pero la mayor parte del tiempo vas durmiendo al lado del conductor. Hasta que un día te despierta bruscamente un bache demasiado profundo, te zarandea con furia, y abres los ojos.

Porque una de las mejores cosas de ese regalo envenenado que es la vida es la capacidad que tiene para sorprendernos. Para mal, pero también para bien. Aunque creamos que ya lo hemos visto todo. Incluso a pesar de que existan verdades inamovibles, spoilers brutales que nos cuentan el fin de la historia cuando apenas comienza, como lo es enterarnos de manera clara y definitiva de que moriremos, sí, pero ¿cuándo? Sin embargo, eso que llaman "destino" o "azar" es un elemento saltarín y juguetón que de vez en cuando asoma su cara risueña y nos guiña un ojo, tirando de un manotazo todos nuestros planes y revolucionando lo que pensábamos que habíamos medido y estructurado de forma perfecta. Y aunque a veces la ruptura de nuestras previsiones nos desespere, en otras ocasiones es la única forma de dar giros inesperados a nuestras existencias cuadriculadas y estándar, y sólo esos quiebros bruscos de la vida consiguen despertarnos de nuestro letargo.

Yo estoy ahora mismo quitándome las legañas…

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