lunes, 10 de diciembre de 2007

Una a veces se siente perdida, y se busca, pero no se encuentra. Ese momento, el de darse cuenta de que no estás para nadie, ni siquiera para ti, es un momento trágico, porque te quedas sin nada. O más bien, todo lo que tienes te sobra, porque te falta lo más importante: tú misma. Y sientes el vacío, el auténtico, ese en el que ni siquiera hay eco, una desolación absoluta dentro de ti y a tu alrededor, y te ves más sola de lo que has estado y estarás nunca. Infinitamente más de lo que en realidad estás. Una ilusión óptica de la que eres consciente, pero cuya certeza no logra reconfortarte lo más mínimo. Quizás no estés sola, pero te sientes absolutamente desamparada. Porque lo que te falta es algo que, por habitual, no nos damos cuenta de que necesitamos más que nada ni nadie. Porque uno mismo puede ser una buena compañía, la mejor, y cuando te sientes así, incluso ella te falta. Y te echas terriblemente de menos.

¿De dónde viene y qué es esa fuerza devastadora que te lleva hasta ese agujero en el que no hay nada ni nadie, ni tú siquiera? Ni idea. Quizás si lo supiera sabría salir del hoyo cuando me caigo en él. Pero no tengo el plano del laberinto, qué más quisiera yo. Le compraría el mapa al pirata que me lo vendiera, pero no creo que me sirviera de mucho. Cada uno ha de encontrar la forma de salir, y lo que vale para uno, es inútil para el resto. Cuando me pierdo, me muevo a tientas por una oscuridad absoluta, probando un camino que termina en nada, intentándolo por otro sendero sin éxito, tropezando de nuevo, y volviéndome a levantar. Es una búsqueda que no por conocida y repetida deja de ser dolorosa y dura, aunque supongo que de nuevo terminaré encontrando la salida.


Siempre se encuentra.


Si no, no habría llegado hasta aquí.

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