lunes, 14 de enero de 2008

Me levanto temprano, tanto que aún es de noche. La oscuridad consigue que cada mañana sea una apuesta contra la meteorología que no siempre gano: aunque me asome a la terraza, el cielo está tan negro que nunca sé si el día apunta a ser nublado o hará sol. Saco el brazo, aún con el pijama puesto, pero no me sirve de nada: creo que siento el mismo frío en invierno que en verano, por el solo hecho de que es de noche y acabo de saltar de entre las sábanas, así que ese pequeño test no sirve de gran cosa. Sin embargo, lo hago desde hace años. No sé por qué. Tampoco me importa mucho. Me doy una ducha y desayuno. A veces pienso qué me pondré mientras mordisqueo una galleta, pero normalmente no lo hago. Hasta que no abro el armario, mi mente no empieza a pensar en qué me pondré ese día. Nunca preparo la noche antes la ropa del día siguiente.

Apenas ha pasado una hora desde que sonó el despertador cuando me dispongo a salir de casa. Sigue siendo de noche. Aún ignoro si el día será bueno o malo. En todos los sentidos. Nunca me he compartido la idea generalizada de que un día lluvioso es un día de mal tiempo, y uno soleado de bueno. Me gusta la lluvia, me encanta la niebla, y creo que me gusta más aún llevar la contraria y que me gusten precisamente esos días que la gente piensa que son asquerosos.

Salgo tan a ciegas de casa que más de una vez he tenido que salir corriendo, desde el portal hasta el coche, mojándome las medias y los zapatos de tacón. Saber si tendré que rascar el hielo de los cristales siempre es una sorpresa. Mis primeros minutos despierta son una incógnita, y eso es algo que me gusta. Aunque haya días que pase frío por ponerme sólo una camisa. A pesar de elegir la falda más corta y los zapatos menos sufridos precisamente el día que más llueve.

El día se abrirá ante mí, literalmente, mientras me acerco a la oficina. Aún no sé cómo será. ¿Un buen día? ¿O quizás malo? No quiero saberlo. Prefiero que las cosas pasen. Aunque, como con la meteorología, nada es lo que parece: puedes empezar la jornada llorando y pensando que está siendo un día nefasto, pero terminar cerrándolo con la sal seca de las lágrimas aún en tu cara y reconociendo que ése ha sido uno de los mejores de tu vida. 

Y es que en esto pasa como con el tiempo, no sirve sacar el brazo por la ventana...

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