miércoles, 23 de enero de 2008

Mi padre, que se jubiló hará unos dos años, trabajó durante casi toda su vida laboral como taxista. Taxista en Madrid, o sea, una de las especies urbanas más odiadas por conductores y peatones, sólo superada en desprecio por los policías municipales o los inspectores de hacienda. Para un tipo como él, tímido y con no muchas habilidades sociales, ése era el trabajo perfecto: todo el día solo, sin jefes ni compañeros con los que llevarse bien. Los clientes estaban ahí, claro, pero no era obligatorio darles conversación, ni seguirla si ellos entraban con ganas de hablar, así que no le suponía ningún problema soportarles, ni tampoco enturbiaba demasiado su gusto por ese trabajo. Un oficio quizás demasiado esclavo, pero también con un plus de libertad y autonomía que no todos los empleos ofrecen.

Una de las ventajas de que mi padre fuese taxista no era disponer de un coche para ir a los sitios cómoda y gratuitamente. No. El taxi era para trabajar, si teníamos que desplazarnos mi madre, mi hermano y yo, estaban los autobuses, el metro o los demás taxis. Nada de mezclar churras con merinas. Lo mejor de que mi padre se moviera por Madrid durante todo el día, y más aún su especial querencia por el barrio de Salamanca, era su gusto por sorprendernos cuando menos lo esperábamos con una bandeja de pasteles de una buena pastelería, unos caramelos Pez, unos Lacasitos o una tarrina de helado italiano de un delicatessen pijo cuando volvía por la noche. Era una extravagancia chocante ésa, sobre todo viniendo de un hombre que nunca mostró ningún interés en asuntos de regalos o felicitaciones, y siempre los delegó en mi madre. Sin embargo, conseguía crear un clima de emoción y suspense difícil de superar cuando las semanas pasaban sin que trajese nada. Hasta el punto de que mi hermano, cuando era un mico de cuatro o cinco años escasos, e intuía que ya tocaba cajita de bombones o bollería fina, salía disparado a la escalera nada más oír el timbre del portero automático, y mientras mi padre subía andando los cuatro pisos, se desgañitaba gritando:  “Papaaaaaaaaaaa. ¿Traes algoooooo?” Entonces mi padre hacía sonar prometedoramente el plástico de la bolsa en la que le habían puesto la bandeja de pasteles, o sencillamente decía que no, que hoy no había nada. Y mi hermano se desmoronaba y arrastraba los pies, cabizbajo, metiéndose en casa haciendo pucheros, o, por el contrario, entraba en un estado de nerviosismo total, mientras seguía dando unas voces que, seguro que conseguían que los vecinos se partieran de risa mientras cenaban: “¿Qué traes? ¿Pasteles, bollos, algo?” Mi madre y yo no parábamos de reír hasta que entraban los dos de nuevo en casa, el padre y el hijo, con mi hermano dando saltos alrededor de la bolsa, como un perrito atolondrado.
Hoy, al volver de trabajar, he pasado por Mallorca y he comprado cuarto de pasteles.

Por los viejos tiempos.

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