lunes, 28 de enero de 2008

Pesan los años, pero más pesan las experiencias acumuladas a lo largo de la vida, hechos y vivencias amontonados sin orden ni concierto, como metidos al descuido en un desván demasiado lóbrego y polvoriento, en el que siempre da demasiada pereza ponerse a ordenar, porque nunca es el mejor momento y siempre terminas dejándolo para más tarde… Pero más tarde es nunca, y las cosas siguen pasando, y continúas guardándolo todo, lo bueno y lo malo, mezclado, dejando que se toquen primeras veces inolvidables y enésimas ocasiones dignas de ser borradas para la eternidad, contaminándose unas del espíritu de las otras. Por eso, cuando subimos al altillo a buscar algo, encontramos, claro que encontramos, como termina encontrando el desordenado caótico que sabe donde lo tiene todo, pero que necesita mover una montaña de trastos para encontrar lo que busca. Y mientras abrimos hueco entre la marabunta, nos topamos con lo que menos esperábamos, o lo que menos nos convenía reencontrar, y nos damos de nuevo cuenta de que nada se destruye en la memoria. Sólo se sepulta, o se disfraza, o se arrincona, pero nada desaparece del todo mientras nuestra mente esté operativa y nuestras neuronas mayoritariamente vivas, no sirve de nada autoengañarse con eso de que la distancia es el olvido, ni lo de que el tiempo lo cura todo, es mentira, ni siquiera los más expertos y vividos lo consiguen.

Pesa la vida, porque todo ocupa lugar. El saber y el sentir. Hay que llevarlo a cuestas, y duele el alma como cuando duele la espalda por no agacharse bien al coger peso, lo mismo da. Y a lo largo del camino no hay una consigna donde guardar tantas cosas que nos doblan y nos impiden andar deprisa y con brío. No hay un e-Bay de lo vivido donde deshacernos de lo que nos estorba, de lo que nos frena, de lo que nos para, así que toca seguir guardando, donde creemos que no molesta y nadie puede verlo, en ese trastero donde, cuando cogemos algo, corremos el riesgo de que el montón se venga abajo, y nos sepulte.

E intentas vivir. Enfrentarte al día a día como si no tuvieras en nuestras manos nada más que las próximas veinticuatro horas. O incluso menos. Como si no tuvieses otra cosa que el instante. 

Porque no tenemos otra cosa...

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