martes, 8 de enero de 2008

Sólo conocí su voz y su risa. Una voz fresca y alegre, joven y llena de entusiasmo, que siempre conseguía transmitirme la seguridad de que cualquier cosa que mi jefe me pidiera a mí y luego yo a ella, por rara y difícil que pudiera resultar, terminaría por conseguirla. Y así era. Siempre. Podía tratarse de un vuelo a Shangai con las menos escalas posibles y a precio de risa, o un coche alquilado con cinco puertas, automático y con GPS en un pueblo perdido de Baviera. Daba igual. Lo hacía posible. Nunca olvidó devolverme una llamada. Pronto me acostumbré a que fuera ella la que siempre me atendiera. Si no estaba, no me quedaba más remedio que acudir a cualquiera de sus compañeros, también amables y eficientes, pero sin esa chispa que ella tenía. Ese punto de interés más allá de lo profesionalmente necesario para que las cosas salieran bien. Cuando se iba de vacaciones, contaba los días para que volviera. Ya no podré hacerlo. Porque no volverá. Jamás.

Murió el sábado. Sólo tenía 30 años y un dolor en el cuello que no, no resultó ser una contractura.

Se llamaba Cande.

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