lunes, 7 de enero de 2008


Volver sobre tus pasos tiene un efecto extraño. Por mucho que intentes poner los pies sobre lo que fueron tus huellas, no funciona. O te han crecido los pies y tus zapatos no encajan en tus antiguas pisadas, o tus zancadas son diferentes, más largas, más flexibles, y tu forma de andar se convierte en un chocante baile que hace que te tambalees.
Esta mañana he vuelto al pasado, sin proponérmelo. Sin darme cuenta, al ir a buscar otra cosa a la habitación verde, estaba sentada en el suelo, con la caja del puzzle de nuevo abierta. Un dejavu. Cuando he querido recordar, el suelo estaba lleno de hojas blancas, verdes y rosas, y ya llevaba casi dos horas leyendo cartas escritas hace quince años, por manos que ya no están, y por una Teresa que tampoco está, y en la que, sin embargo, reconozco algunos brochazos de la que llegó hasta aquí.

Hojas de gente muerta, de la literalmente muerta y enterrada, y hojas de gente perdida en el desagüe del tiempo, ése que se lo traga todo, salvo esas pocas cosas y personas que se quedan providencialmente en la esquina del fregadero y se salvan. ¿Estaré yo así, difunta y perdida, para mucha gente? Seguro que sí. Lo estoy incluso para mí misma. Tantas cosas que dejé en el camino, buenas y malas, pero sobre todo malas… Esta mañana me he dado cuenta de algo curioso: soy mejor que hace quince años. En muchos aspectos. He dejado en el camino muchos miedos, muchas inseguridades, muchos defectos que ahora miro con desdén, frunciendo el ceño ante una persona que, de encontrármela hoy, no me caería especialmente bien. Sin embargo, entre la hojarasca de esa persona que reconozco pero que ya no quiero, he encontrado cosas que son tan mías que me han hecho estremecerme. Esencia pura de lo que soy y siempre seré. De lo que siempre he sido, desde que era un mico, y que me temo que seré cuando sea una viejecita arrugada como una pasa, si es que llego tan lejos. Y me he dado cuenta de que hay cosas que nunca cambian, porque no tienen que hacerlo, y otras que sí, porque es necesario. Y que la vida, a través de mecanismos simples y básicos en ocasiones, o sofisticados y retorcidos otras veces, es la más sabia de todos, y siempre termina por poner las cosas en su sitio.

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