lunes, 25 de febrero de 2008

Cuando pienso en la cantidad de personas que he visto entrar y salir de mi vida desde el primer día que salí de casa para ir al colegio, me dan ganas de hacer una lista y escribir al lado de cada nombre un pequeño resumen de mi historia con cada uno. Es la única forma que conozco para intentar atrapar lo poco que me queda de ellos, y conseguir que su recuerdo no termine yéndose del todo por el desagüe del olvido. Lo he intentado alguna vez, y podría ser algo parecido a esto, exceptuando el pequeño detalle de que los nombres, que me los acabo de inventar:
1) Isabel: no consigo acordarme de su apellido. Fue conmigo al instituto, al menos en 1º y 2º de BUP, luego soy incapaz de recordar si cogió ciencias o letras, como yo. Durante unos meses fuimos muy amigas. Concretamente, durante el verano del mundial de fútbol. Sí, el del Naranjito. Me contaba intimidades que me sacaban los colores. Yo era mucho más pava que ella en temas de chicos, pero incluso de no haberlo sido, nunca hubiese sido capaz de hablar de esas cosas con ella. Supongo que eso significa que realmente nunca fue amiga mía.
2) Leonor: coincidí con ella en mi primer trabajo. Era la secretaria del jefe, y ejercía de ello. No hacía nada, salvo coger alguna llamada y abrir el correo y dejarlo sobre la mesa de su jefe, que nunca estaba en la oficina. Vivía en Guadalajara, y creo que terminó aburriéndose de hacer tantísimos kilómetros al día para estar sentada en una silla esperando que dieran las 6 de la tarde. Me dio una receta para hacer una quesada que sigo haciendo desde entonces, y que no ha sido superada por ninguna otra que haya probado a hacer después.
Y así, hasta el mensajero de DHL, el tipo más alegre y agradable que he conocido en toda mi vida y que veo dos veces al día, cinco días a la semana. Sin olvidar a la gente de la universidad, los vecinos de mi antiguo piso o la señora de la limpieza que me vacía la papelera cada día.

Es ésta una idea que me atrae y me ronda desde hace tiempo, pero que me repele y me da miedo a partes iguales. Me gusta porque tengo un lado metódico y organizado que disfrutaría muchísimo guardando unas historias que son la mía, y que dibujarían un mapa muy preciso de mi vida. Me atrae la posibilidad de ver cómo la memoria borra piadosamente a ciertas personas cuyo recuerdo hiere, o sorprenderte al comprobar que aquellas figuras que creías borrosas de pronto surgen rotundas, porque te marcaron, más de lo que imaginabas, y de pronto te encuentras recordando nombres, y apellidos, y hasta el teléfono de esa amiga tuya del autocar a la que tu madre nunca te dejaba llamar porque, a fin de cuentas, la ibas a ver mañana… Lo que me asusta de este viaje al pasado no es comprobar cómo he olvidado algunas caras, muchos apellidos y un buen puñado de nombres. Lo que me aterroriza es darme cuenta de que, después de todos mis esfuerzos por evitarlo durante tanto tiempo, mi círculo de gente cercana sigue siendo minúsculo.

Como si de una estación de metro con un trasbordo concurrido se tratara, me cruzo con gente, creo que la conozco y durante una temporada la hago mía, vivo la ilusión de que formo parte de algo, pero es mentira.

La gente entra y sale de mi vida, pero no se queda…

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