lunes, 11 de febrero de 2008

Entre la bruma del día a día, sobre el resbaladizo moho de la rutina que se instala imperceptiblemente en nuestra vida, de vez en cuando aparece algo nuevo que hace que se tambaleen los pilares de nuestra existencia. A veces, los dinamita, y otras si no los tumba, si que los conmueve, hasta los cimientos, y todo sigue igual, pero sólo a simple vista, bastaría con rascar un poco en la superficie para comprobar que hay un antes y un después del cataclismo. No son cambios que busquemos, porque no nos hacen falta, o eso es lo que creemos: el musgo de lo cotidiano es suave y blandito, se está muy a gusto sabiendo lo que se debe hacer en cada momento, lo que está bien y lo que está mal, lo que es adecuado y lo que no es conveniente. Ese equilibrio, precario siempre, aunque engañosamente sólido, suele tener un precio demasiado alto, y ese peaje a pagar incluye una irrecuperable pérdida de espontaneidad, de sorpresa ante lo inesperado. Es por eso que los chispazos de la novedad rompedora de lo que siempre es, a veces son lo bastante deslumbrantes como para despertar nuestro lado arriesgado, incluso el temerario, y nos atrevemos a poner en juego esa armonía conseguida, ese equilibrio sosegado en el que hasta entonces habíamos vivido tranquilamente instalados. Después de todo, incluso lo que ahora es rutina, un día también fue emocionante sorpresa…

Son pequeños cambios, o grandes, que de todo hay, pero todos consiguen romper la inercia en la que nos movemos, zarandearnos y hacernos sentir un poco más vivos. Pequeños estímulos que nos aguijonean, nos despiertan de ese dulce sopor, y nos hacen pensar en qué es lo que estamos haciendo realmente cuando damos un paso, en lugar de darlo de manera automática, sin tener conciencia clara de si avanzamos porque queremos o porque no tenemos nada mejor que hacer. Es como el que quita el piloto automático y vuelve a disfrutar cambiando las marchas: una manera de redescubrir lo que era conducir. Un reencuentro con la propia libertad.

Porque a veces hay que bajarse de la mullida superficie del colchón de la rutina, y salir fuera, respirar aire fresco y probar a tumbarse de nuevo en el prado verde, menos cómodo, lleno bichos y alguna que otra ortiga, de lo inesperado. 

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