viernes, 29 de febrero de 2008

No suelo ser irónica, ni sarcástica, no por méritos propios de autocontrol o buena educación, sino por puro carácter. Me viene de serie, vaya. Si tengo que decir algo negativo o poco grato para el otro, lo digo, a las claras, rápida y expeditivamente, sin tampoco echar mano de lo políticamente correcto, sino yendo al grano y acabando lo antes posible. Sin embargo, cuando es a mí a quien se dirigen con alguna puya ofensiva o con retintín mordaz, con dobles sentidos cargados de mala hostia, deben tocarme algún resorte oculto que se activa instantáneamente, porque en esos momentos puedo ser lo más desagradable y dañina que te puedas echar a la cara. El efecto de mi bordería es doble, porque por un lado mi interlocutor no se libra del guantazo inmediato, de los de mano abierta, de los que escuecen y duran, aunque no se vean. Mi sarcasmo es rápido y afilado, sin medias tintas ni límites, cortante como un bisturí. Y duele, soy consciente que jode pero a base de bien. Pero quizás lo mejor sea la sorpresa y el desconcierto al ver a la pava de Teresa crecerse de esa manera tan inesperada e incongruente con lo que conocen de mí hasta ese momento, que duplica el efecto ofensivo y mi descojone interior mientras asisto al espectáculo. Me pasa pocas veces, pero cuando ocurre, es tan divertido que paso del cabreo a la carcajada en décimas de segundo. Supongo que ser mala persona de vez en cuando también tiene su punto. Sobre todo cuando es en defensa propia, y funciona tan bien.

Otro día hablaré de lo poco que me gustan los graciosillos que te pegan la puñalada con una sonrisa de oreja a oreja, y enseguida dicen eso de "Vaaaaa, que era broma…"

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