lunes, 3 de marzo de 2008

Cuando llegas a los 41 años, lo de menos son los regalos que recibes el día de tu cumpleaños. Ni si hay tarta con velas o, por el contrario, el postre es un triste plátano o una naranja igualita a la que te comiste anoche. Quizás porque ya tienes tantos años y festejos a tus espaldas que deben haberte regalado de todo y varias veces, y ya pocas cosas te hacen ilusión. O porque cualquier día, sin que haya que celebrar nada, vas a la pastelería y compras una tarta. O porque vas madurando y descubriendo que realmente necesitas cada vez menos cosas, por eso ya no esperas con ansia las fechas especiales como podías hacerlo en otros tiempos, en los que los deseos no se cumplían inmediatamente, y había que esperar a los Reyes Magos, o a las velitas en la tarta para conseguir objetos que realmente querías, con un ansia de posesión consumista y acaparadora que te acompañaba durante meses.

Un año después de traspasar la cuarentena, lo que de verdad importa, o al menos en mi caso, es poder tener a tu lado a un puñado de personas pequeño, pero imprescindible. Y que esas personas sepan hacerte una llamada a tiempo. O enviarte un sms breve, pero lleno de intención. A veces uno de los mejores regalos termina siendo esa la felicitación inesperada de alguien que ya no imaginabas que se acordaba de ti, pero que sí, que aún se acuerda.
He tenido un buen día de cumpleaños.

Sí.

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