jueves, 20 de marzo de 2008

Cuanto más leo, menos capaz me siento de escribir. Y últimamente estoy leyendo mucho… Mi autoestima creativa está bajo mínimos, y de nada me sirve mi nuevo portátil, aún con olor a nuevo, ni mis buenos propósitos de irme a escribir a la biblioteca o a una cafetería tranquila, para huír de las distracciones y las obligaciones que me asaltan y me dispersan en cuanto me pongo a ello en casa. Todo inútil. Supongo que tener la cabeza llena de historias ajenas no me deja mucho espacio para pensar en las propias. Y es que me gusta mucho escribir, sí, pero siempre me ha gustado más leer. Cada vez me gusta más. Prefiero que me cojan de la mano y le lleven a recorrer mundos perfectamente construidos que ser yo la que sude tinta para imaginarme algo que seguramente ya habrá contado otro y mucho mejor que yo. Me gusta quedarme con la boca abierta ante la maestría de otros creando un todo a partir de la nada, soy una presa fácil de la admiración ajena porque mi ego es humilde y modesto y mi capacidad de asombro infinita. Me encanta volver sobre lo conocido, releer me pierde, pero también me fascina descubrir a gente nueva que reverdece cada cierto tiempo mi certeza de que todo (o casi) está aún por inventar. Así que cuando atravieso una de estas épocas de lectora-devoradora-fan-fatal-admiradora-babeante, por mucho que lo intente, me siento incapaz de escribir nada que merezca la pena. Lo intento, pero es inútil. Es como si las bondades de lo que leo me emborracharan, y mi juicio se viese seriamente perturbado por los efluvios de lo que engullo sin control. El resultado es que cuando me pongo a escribir, todo lo que me sale me parece malísimo, soso y sin sustancia, tan pésimo que incluso yo misma, sumergida en ese estado extraño en el que me encuentro y del que soy perfectamente consciente, me doy cuenta de que algo grave me está pasando, porque “eso” no puedo haberlo escrito yo.

Supongo que lo mejor en estos casos sería dejar pasar la euforia lectora, disfrutar de ello, y aparcar lo de escribir para más tarde. Eso sería lo razonable, lo sensato, lo inteligente. Pero ahora mismo en mi cabeza hay de todo menos lógica, sensatez o buen juicio. Quiero seguir leyendo, pero también quiero y necesito escribir. Tengo que escribir un relato sobre viajes para el martes, y no tengo ni la más mínima idea de qué contar ni cómo. En mi cerebro, desde hace días, bullen varias ideas para la que podría ser mi primera novela que terminarán por evaporarse si no las atrapo, así que no puedo dejar de intentarlo. Pero todos mis intentos se estrellan, uno tras otro, porque yo, que siempre he sido monotarea en eso de leer libros, estoy empezando a ser capaz de leer más de uno al mismo tiempo, algo que me resultaba imposible hasta hace poco. Así que el problema se multiplica por dos. Porque estoy enviciada releyendo “El Quijote”, y esta vez me estoy zampando hasta las notas a pie de página del señor De Riquer. Y el martes, cuando me fui a la biblioteca a escribir, lo que hice fue devolver el “Manual de Literatura para caníbales” y terminar por sacar otro libro de Rafael Reig (*) que, me temo, también devoraré en menos de una semana…

A todo esto, ¿yo no había abierto el ordenador para ponerme a escribir sobre un viaje? ¿Qué demonios estoy haciendo? Creo que mejor me voy a empezar "Sangre a borbotones"...

(*) Desde aquí mis agradecimientos a Conde-Duque por descubrirme a Rafael Reig. Conde, querido, te lo agradeceré eternamente, pero también serás el culpable de que todo lo que escriba durante una buena temporada me parezca una chufa, que lo sepas...

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