domingo, 2 de marzo de 2008

Desde que era una adolescente, cada invierno planto un jacinto. Quizás sea un intento para hacer que el invierno pase más deprisa, pero su efecto es el contrario: lo que consigo es que pase mucho más despacio. A veces es desesperante ver el tiesto siempre igual, lleno de tierra, que riegas, y vuelves a regar, y no se estremece. ¿Lo habré plantado bien? ¿No lo estaré regando demasiado?

Pero es lo normal. Nada. Durante semanas. Meses. Hasta que un día, cuando menos te lo esperas, aparece. Una puntinta verde y vergonzosa, que no se atreve a salir. Pero que al final, sale...
Y empieza a crecer a velocidad de vértigo. Más y más. Y de repente, empiezan a abrirse un par de flores. Sólo un poquito. Como con timidez.

Al día siguiente, no te lo puedes creer: todas las flores quieren abrirse a la vez. ¿Tan deprisa? No puede ser.
Pero es. Y por la tarde, cuando vuelves a casa, el aroma te abofetea al abrir la puerta. Todas las flores están abiertas. Absolutamente. Con una insolencia y un “aquí estoy yo” que abruma, casi más que el olor.
Mis tres jacintos morados de este año han explotado este fin de semana. Los plantamos en noviembre.
Ayer y hoy han llenado la casa con su perfume, tan fuerte que marea un poco. Mirar sus flores perfectas hoy, pero seguramente pasadas dentro de un par de días es darse cuenta de que algunas cosas que se hacen esperar mucho tiempo, luego duran muy poco.

Eso es la vida, supongo…

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